La apreciación del dólar está provocando un ajuste significativo y generalizado en los mercados emergentes, que son tradicionalmente muy sensibles a sus fluctuaciones y a la de los tipos de interés en EE.UU., como ya se comprobó en 2013, cuando el expresidente de la Fed, Bernanke, anunció que se avecinaba el momento de retirar los estímulos.
En general, las divisas que han registrado las correcciones más intensas son las de Argentina y Turquía, por debilidades estructurales, y México, por la renegociación de Nafta y la celebración de elecciones presidenciales en julio.
Es cierto que un ciclo global muy maduro, unos tipos de interés más altos en EE.UU., la reducción de la liquidez global y las tensiones comerciales y geopolíticas van configurando un escenario que invita a ser menos complaciente con los activos de riesgo, incluyendo a los emergentes, como refleja la debilidad que vienen mostrando las bolsas mundiales desde febrero. Aunque la volatilidad es inherente a los activos de riesgo, los factores que están detrás del actual movimiento correctivo son ajenos a los emergentes y no se justifican caídas abultadas que sean generalizadas y sostenidas en el tiempo.
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Este movimiento de aversión al riesgo debería ser temporal. La principal clave para la evolución de los mercados emergentes durante los próximos meses será el dólar y, si frena su escalada como es de esperar, hay argumentos para ser optimistas. Los ajustes de las últimas semanas han vuelto a dar valor a los activos emergentes y pueden haber propiciado uno de los mejores momentos de entrada de los últimos dos años para los inversores. ¿Cuáles son las razones para no ser pesimistas?
En primer lugar, la Fed continuará siendo muy prudente en su proceso subidas de tipos, a pesar del ascenso de la inflación. El objetivo de inflación (el deflactor del consumo subyacente) se ha mantenido por debajo del objetivo del 2% desde 2008. Ahora la Fed debe tolerar que se mantenga por encima del mismo a medio plazo sin sobrerreaccionar y poner en riesgo el crecimiento económico, como dio a entender en su último comunicado. Por tanto, es poco probable que los tipos se desvíen de forma relevante de las expectativas actuales del mercado y, en consecuencia, el dólar debería debilitarse. No olvidemos que hay factores estructurales que seguirán pesando sobre el dólar (elevado déficit fiscal y por cuenta corriente, sin expectativas de mejora) y también cíclicos: una expansión muy longeva (a punto de superar los nueve años, siendo ya la segunda más larga de la historia moderna) y una Fed muy adelantada en su proceso de normalización de la política monetaria frente al resto de desarrollados, sobre todo respecto a la zona euro.
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